Yemen fue la gran sorpresa de nuestro 2026
Este viaje estuvo cargado de emoción desde antes de empezar. Yemen suele aparecer en las noticias asociado a los hutíes, la guerra, los ataques y una crisis que lleva años. Nosotros también llegamos llenos de dudas y prejuicios. No pretendemos negar nada de eso ni decir que todo el país puede recorrerse sin riesgos. Queremos contar otra parte: la que vimos durante siete días en Hadramaut, en el sur, siempre acompañados por un equipo local y dentro de un itinerario organizado.
Habíamos conocido Socotra en abril de 2025. Aunque aquella isla parecía otro universo, también era Yemen, y allí conocimos a Saleh, de Tours Yemen. Un año después regresamos con él para nuestra segunda incursión en el país, esta vez en territorio continental. Ya no era solamente nuestro guía: era un amigo que conocía nuestros gustos, nuestras preguntas y hasta nuestro famoso “momento precios”.
El ingreso turístico a Yemen continental debe organizarse obligatoriamente con un guía y no puede hacerse por libre. Por eso recurrimos nuevamente a Tours Yemen, la agencia con la que ya habíamos viajado a Socotra, y realizamos todo el recorrido con su equipo local. En Instagram pueden encontrarlos como @toursyemen (pinchá para ir a la página de la agencia).
Yemen terminó siendo el destino que más nos conmovió en 2026. No porque todo fuera sencillo ni porque compartiéramos todas sus reglas, sino porque detrás de una imagen exterior durísima encontramos personas con curiosidad, hospitalidad y ganas de vivir mejor.
Siete días por Hadramaut
Entramos por tierra desde Arabia Saudita y recorrimos el valle de Hadramaut junto a Saleh: Tarim, Seiyun, Shibam y los pueblos de Wadi Daw’an.
Llegar también fue parte del viaje
El 1 de mayo salimos de Jordania, volamos a Riad y seguimos hacia Sharurah, en el sur de Arabia Saudita. Durante la madrugada tuvimos un problema con el primer conductor, que quiso cobrarnos más de lo acordado. Nos bajamos, esperamos junto a una estación de servicio y conseguimos otro traslado. Fue una noche larga, con cansancio, incertidumbre y esa sensación de estar metiéndonos en una aventura que recién empezaba.
El 2 de mayo llegamos al paso fronterizo de Al-Wadiah. Cruzamos por tierra con el equipaje, atravesamos los controles y del otro lado nos esperaba el equipo local. El reencuentro con Saleh cambió inmediatamente el ritmo del viaje: ya estábamos con alguien en quien confiábamos.
El ingreso a Yemen no fue un trámite turístico convencional. El viaje requirió visa, permisos y coordinación previa de la agencia. Además, durante parte del recorrido tuvimos un acompañante de seguridad dispuesto por las autoridades. Todo eso existió al mismo tiempo que nuestra sensación cotidiana de tranquilidad.
La primera comida fue en un espacio reservado para familias. Nos sentamos en el piso frente a arroz, pollo, verduras, salsas y enormes panes. Veníamos sin dormir, agotados, pero la emoción era más fuerte: después de tantos preparativos, estábamos realmente en Yemen continental.




Tarim: calor, adaptación y hospitalidad
Tarim nos recibió con calles activas, pequeños comercios, mercados y un calor intensísimo. Para mí (Aldana), viajar con la abaya negra fue una experiencia que no esperaba. En Yemen es obligatorio que las mujeres cubran todo el cuerpo y el cabello, aunque no necesariamente el rostro. Yo llevaba la cara descubierta y, durante nuestro recorrido, era prácticamente la única: la mayoría de las mujeres iba completamente cubierta a pesar de los más de cuarenta grados. Ni siquiera en Afganistán había usado una vestimenta tan restrictiva: allí me había cubierto el cabello con un pañuelo, pero con ropa mucho más liviana.
Respeté esa norma porque entrar en otra sociedad exige adaptación, pero respetar no significa compartir. Moverme cubierta de negro con semejante temperatura fue duro y también generó una reflexión inevitable sobre la libertad de las mujeres.
No aprobamos esas restricciones ni creemos que deban romantizarse. Sin embargo, tampoco encontramos una sociedad que pudiera resumirse con los estereotipos más extremos. Las mujeres estudian y trabajan en determinados ámbitos, aunque continúan sujetas a normas que desde nuestra mirada necesitan una profunda actualización.




En la calle aparecían los detalles que ningún informe geopolítico puede contar: el paraguas rojo para protegerse del sol, un helado, una Sprite fría, las sonrisas tímidas y las mujeres que se acercaban con curiosidad. Una joven quiso sacarse una foto conmigo y le temblaba la mano de la emoción. No estaba acostumbrada a ver turistas. No hubo invasión ni hostilidad; hubo asombro mutuo.
También visitamos Qabr Nabi Hud, un pueblo vinculado a la tradición del profeta Hud y a una importante peregrinación religiosa. Fuera de esos días especiales se veía muy tranquilo, aunque encontramos personas rezando. Preferimos contar lo que vimos sin convertir una tradición religiosa en una certeza histórica.
Al anochecer nos sorprendió un edificio iluminado que primero confundimos con una mezquita. Era un bebedero de agua fría gratuito, con espacios diferenciados para hombres y mujeres. Ese pequeño error y su corrección resumen bastante bien el viaje: mirar, preguntar y descubrir que muchas cosas no eran lo que imaginábamos.




Dos Yemen, una guerra todavía abierta
Para comprender mínimamente lo que veíamos era necesario recordar que Yemen no siempre fue un solo Estado. Hasta 1990 existieron Yemen del Norte y Yemen del Sur; la unificación no eliminó las tensiones y en 1994 hubo una nueva guerra civil. Desde 2014, otro conflicto volvió a fragmentar de hecho el territorio: los hutíes consolidaron su poder en Saná y gran parte del norte y oeste, mientras distintas fuerzas vinculadas al gobierno reconocido internacionalmente y al movimiento separatista sureño mantuvieron presencia en el sur.
Hadramaut, donde estuvimos nosotros, queda en el sur y lejos de las zonas controladas por los hutíes. Allí encontramos carteles que prohibían portar armas y escuchamos reiteradamente el deseo de recuperar una identidad sureña independiente. Esa aspiración existe y merece ser explicada, pero no nos corresponde presentar como uniforme una posición política que atraviesa a una sociedad mucho más compleja.





Seiyun: entender el adobe antes de mirar las ciudades
Antes de maravillarnos con las torres de barro vimos cómo se fabrican sus materiales. Hombres mezclaban tierra y paja, moldeaban cada bloque y lo dejaban secar bajo el sol. El trabajo era manual, físico y durísimo. Comprender ese proceso cambió nuestra manera de mirar todo lo que vino después.
En Seiyun recorrimos el palacio Al-Kathiri, una enorme construcción blanca que domina la ciudad. En el museo había objetos domésticos, muebles, cerámicas y una antigua cerradura de madera con una llave parecida a un peine. Probé el mecanismo y conseguí abrirla: una escena sencilla que nos acercó mucho más a la historia que cualquier lista de fechas.


En el zoco conversamos con vendedores, probamos productos, tomamos té y volvimos a hacer nuestro “momento precios”. Saleh se acordaba perfectamente de esa costumbre desde Socotra. También recordaba qué bebidas nos gustaban y negociaba cuando queríamos comprar algo. Esa atención constante no era solamente parte de un servicio: era la forma concreta en que se expresaba su amistad.
Shibam: la ciudad que había que comprender desde adentro
Shibam suele aparecer presentada como el “Manhattan del desierto”. Sus edificios verticales de tierra, encerrados dentro de una muralla, forman uno de los conjuntos urbanos más extraordinarios que vimos. Es Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1982 y está incluido en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro desde 2015.
Pero Shibam no es una escenografía detenida en el tiempo. Está habitada. Hay niños, talleres, puertas que se abren, viviendas que necesitan reparaciones y personas que continúan sosteniendo una arquitectura frágil con técnicas transmitidas durante generaciones.
Según nos contó Saleh, durante aquella semana éramos los únicos turistas que estaban recorriendo Yemen. No lo presentamos como una estadística oficial, sino como un dato que nuestro guía —atento al movimiento turístico de la región— compartió con nosotros y que coincidía con lo que veíamos: sitios abiertos solo para nuestra visita, calles sin grupos extranjeros y una curiosidad enorme cada vez que aparecíamos.




Recorrimos talleres, observamos puertas antiguas y entramos en una casa. Las paredes gruesas mantenían el interior sorprendentemente fresco. Subimos por escaleras angostas, vimos espacios domésticos y entendimos que el adobe no era una curiosidad del pasado, sino un material vivo que exige mantenimiento permanente.




La camiseta argentina abrió conversaciones por todas partes. Algunos reconocían inmediatamente los colores; otros simplemente se acercaban por curiosidad. Saleh traducía, negociaba y hacía posible que cada encuentro fuera algo más que una fotografía rápida.
Por la tarde subimos al mirador. Haber caminado primero por la ciudad cambió por completo la vista: ya no veíamos solamente una postal, sino casas, materiales, trabajos y vidas concretas. Nos quedamos hasta que anocheció. La luz dorada transformó las torres y, poco a poco, las primeras luces aparecieron en la llanura. Fue uno de los días más especiales e inolvidables del viaje.
Antes de subir visitamos los hornos tradicionales donde se prepara la cal. Allí entendimos que la conservación no termina con fabricar ladrillos de barro: la cal se utiliza para revestir y proteger sectores de las construcciones frente al agua y el desgaste. Detrás de la silueta extraordinaria de Shibam existe un mantenimiento continuo, manual y colectivo.




Wadi Daw’an: pueblos sobre la roca y puertas que se abrieron para nosotros
La ruta hacia Wadi Daw’an cambió nuevamente el paisaje. El valle, los palmerales y las montañas enmarcaban pueblos que parecían crecer desde la piedra. Visitamos Sif y el castillo Al-Amoudi, que abrieron especialmente para nosotros. Almorzamos allí y recorrimos sus terrazas, todavía sorprendidos por estar prácticamente solos.




Después llegamos a Al-Hajarayn. Es una localidad habitada y hermosa, pero también muestra basura, deterioro y precariedad. No quisimos borrar esas contradicciones para conseguir una postal más bonita. Caminamos por sus calles, repartimos caramelos, intercambiamos algunas palabras en español y terminamos rodeados de niños.




Algunas mujeres se me acercaron. No compartíamos el idioma, pero no siempre hacía falta. Hubo gestos, fotografías y una curiosidad que funcionaba en las dos direcciones.


Nuestro alojamiento estaba al borde del cañón, frente a Haid al-Jazil. Desde el jardín veíamos el pueblo elevado sobre una enorme roca. Haid al-Jazil y Wadi Daw’an forman parte de la Lista Indicativa de Yemen ante la UNESCO: todavía no son un sitio inscripto en la Lista del Patrimonio Mundial.




También recorrimos un antiguo edificio del conjunto de Khaylla y contemplamos desde una terraza el palacio privado de colores que se levantaba enfrente. No entramos en ese palacio: la vista exterior fue suficiente para entender por qué su arquitectura se volvió una de las imágenes más conocidas del valle.
Saleh, el mate y una amistad que empezó en Socotra
Saleh atravesó todo el viaje. Traducía, coordinaba permisos, entendía cuándo necesitábamos parar y sabía que tarde o temprano íbamos a preguntar cuánto costaba algo. Nos abrió puertas que difícilmente se hubieran abierto sin él y también compartió las escenas más simples: cafés, helados, comidas y horas de ruta.
Antes de viajar habíamos comprado en Aeroparque un mate para regalarle, pero se rompió durante el trayecto. Entonces decidimos darle el nuestro: el que llevaba años viajando con nosotros. No era un objeto nuevo ni perfecto. Precisamente por eso tenía otro valor.


En la última noche tomamos mate, conversamos y repasamos lo vivido. Saleh aprendía palabras en español y nosotros tratábamos de entender un país que una semana antes conocíamos casi exclusivamente por sus conflictos.
Seguridad: lo que vivimos y lo que no podemos generalizar
Durante este recorrido nos sentimos seguros. Caminamos por mercados, comimos en la calle, visitamos pueblos y nadie se acercó con hostilidad. Muchas personas solo querían saludarnos o sacarse una foto. Viajamos en buenos vehículos, comimos bien y dormimos en alojamientos cómodos.
Pero nuestra experiencia tuvo condiciones concretas: estuvimos en Hadramaut, en el sur de Yemen, entre el 2 y el 8 de mayo de 2026; viajamos con Saleh, conductor, permisos y coordinación local; y no recorrimos las zonas controladas por los hutíes. Las recomendaciones oficiales de distintos gobiernos continúan desaconsejando viajar a Yemen por el conflicto armado, el terrorismo, los secuestros y la limitada asistencia consular. Nuestra vivencia no reemplaza esas advertencias.
Tampoco afirmamos que la población esté desconectada de todas las consecuencias de la guerra. Lo que percibimos fue que las personas comunes que conocimos querían trabajar, progresar, cuidar a sus familias y vivir mejor. En nuestro trayecto no vimos civiles armados ni sentimos una sociedad volcada a la violencia.
Veníamos de semanas intensas por Medio Oriente. En Arabia Saudita se había suspendido la carrera que motivaba parte de aquel viaje y habíamos acumulado cambios, traslados y tensión. Paradójicamente, Yemen fue uno de los lugares donde más descansamos y mejor dormimos. Los vehículos eran excelentes, los alojamientos resultaron muy cómodos —algunos no tenían nada que envidiarles a hoteles europeos— y el itinerario estaba organizado con un conocimiento muy preciso de lo que necesitábamos. Eso no vuelve seguro a todo Yemen: explica por qué nuestra experiencia concreta, bajo esas condiciones, fue tan distinta de lo que esperábamos.
La vida que no aparece en las noticias
Yemen ha atravesado conflictos durante décadas y ocupa una posición especialmente sensible en la península arábiga. Las guerras internas lo convirtieron en uno de los países más heridos e incomprendidos del planeta. Sin embargo, un conflicto no alcanza para definir a todas las personas que viven dentro de él.
En Hadramaut vimos familias que luchan cada día por salir adelante, comerciantes honestos, mercados llenos, puestos callejeros, shoppings, heladerías y grupos de amigas y madres compartiendo su tiempo. Vimos niñas con sus mochilas camino a la escuela y supimos de mujeres que estudian para ser maestras o profesoras. Eso no significa igualdad: los restaurantes separan sectores para hombres y familias, la vestimenta femenina está regulada y persisten limitaciones que, desde nuestra mirada —y especialmente desde la mía como mujer, madre y abogada— implican un atraso grave en materia de derechos.
No queremos justificar esas restricciones ni presentar a Yemen como si fuera un país sin violencia. Queremos registrar algo más preciso: no llegamos a una sociedad donde todo el mundo estuviera disparándose, sino a una comunidad con rutinas, afectos, trabajo y aspiraciones que continúa viviendo en medio de una realidad política durísima. Criticar las desigualdades y reconocer la humanidad de quienes conocimos no son ideas incompatibles.
Visa, permisos y organización
- Para ingresar a Yemen se necesita visa.
- En nuestro caso, Tours Yemen gestionó previamente la visa, los permisos y la coordinación del cruce terrestre.
- Entramos desde Arabia Saudita por Al-Wadiah y regresamos por el mismo paso.
- No fue un recorrido para organizar de manera independiente: viajamos siempre con guía y conductor local.
- El paquete incluía transporte, alojamientos, comidas, bebidas, guía y permisos. Antes de publicar un precio total preferimos confirmar el importe definitivo abonado.
- Las exigencias migratorias y de seguridad pueden cambiar sin aviso. Es indispensable consultar con la agencia, la aerolínea y las autoridades correspondientes antes de planificar el viaje.
Nuestro recorrido, día por día
- 1 de mayo: salida de Jordania, vuelo y tránsito por Riad hacia el sur de Arabia Saudita.
- 2 de mayo: traslado a Al-Wadiah, cruce terrestre, reencuentro con Saleh y llegada al valle de Hadramaut.
- 3 de mayo: Tarim, mercado, mezquita Al-Muhdhar, Qabr Nabi Hud y paseo nocturno.
- 4 de mayo: fabricación de adobe, palacio Al-Kathiri, mercado de Seiyun, colección privada y fortaleza Al-Fals.
- 5 de mayo: recorrido completo por Shibam, talleres, casas, mirador y hornos de cal.
- 6 de mayo: Wadi Daw’an, Sif, castillo Al-Amoudi y Al-Hajarayn.
- 7 de mayo: paisajes del valle, Al-Khuraybah, Khaylla, palacio Buqshan, Haid al-Jazil y mate con Saleh.
- 8 de mayo: regreso a la frontera y despedida del equipo.
Yemen se llevó una parte de nuestro corazón
Llegamos llenos de preguntas. Nos fuimos conmovidos. Yemen siempre fue un país conflictivo, enclavado en una región conflictiva, y sus guerras internas hicieron de él uno de los lugares más incomprendidos del planeta. Viajar allí implica riesgos reales. No recomendamos hacerlo por cuenta propia ni ignorar las advertencias oficiales: nuestra experiencia solo fue posible con especialistas, permisos, un equipo local y el acompañamiento permanente de Tours Yemen.
Si se dan las condiciones para hacerlo —como ocurrió en nuestro caso— aparece otro Yemen. El calor fue agotador, las normas de vestimenta pesaron, hubo controles, pobreza, basura y restricciones que no compartimos. Para mí, llevar la abaya negra a más de cuarenta grados fue una de las exigencias culturales más duras que viví viajando. Podíamos elegir no ir; una vez tomada la decisión, correspondía respetar las reglas locales. Inmiscuirnos en la cultura del lugar sin fingir que pensamos igual es, precisamente, una de las ideas que más representa a Vecinos por el Mundo.
Pero tampoco desaparecen la hospitalidad, las puertas que se abrieron, las comidas compartidas, los niños, las mujeres curiosas, los artesanos, los paisajes y la amistad con Saleh. La población que conocimos no era “la guerra”: eran yemeníes intentando sostener su vida dentro de un país herido. Familias como la de nuestro guía quieren trabajar, progresar y recibir visitantes con profesionalismo, experiencia y principios. En el sur escuchamos el deseo de recuperar la independencia; ojalá su población pueda decidir su futuro en paz.

Yemen fue el protagonista de nuestro 2026 porque nos obligó a revisar casi todo lo que creíamos saber. No volvimos pensando que la guerra no existe ni que todos deberían repetir nuestro viaje. Volvimos sabiendo que ningún titular alcanza para contar un país entero y que no todo lo que se muestra en televisión explica la vida de quienes lo habitan.
Esta fue nuestra experiencia en mayo de 2026, en Hadramaut y siempre acompañados por un equipo especializado. Fue uno de los lugares donde más descansamos, donde mejor dormimos y donde más afecto recibimos en todo aquel recorrido por Medio Oriente. Una parte de nuestro corazón quedó allí, junto con aquel mate viajero que terminó en manos de un amigo.

