Visa de Afganistán y cruce terrestre por Torkham
Para nuestro viaje de mayo de 2025, tramitamos la visa antes de llegar a la frontera. La pedimos en el consulado de Afganistán en Islamabad, la capital de Pakistán. Pasamos seis horas dentro del consulado hasta que finalmente nos recibió el cónsul.
Ese día no estábamos solos. Además de nosotros, esperaban Juan —un viajero español que después se convirtió en nuestro amigo y compañero de ruta durante este viaje inolvidable—, una pareja de brasileños, otro viajero brasileño y una viajera española. Después de aquellas seis horas de espera, todos obtuvimos la visa.
Desde Islamabad tomamos un micro a Peshawar, donde pasamos la noche. A la mañana siguiente salimos hacia el paso fronterizo de Torkham. Elegimos cruzar Afganistán por tierra porque veníamos de recorrer Pakistán, nuestro país número 99.
En Torkham atravesamos los controles de ingreso y de las autoridades talibanas. En un primer momento nos indicaron que debíamos ir a Jalalabad. Un taxista fijó el precio del traslado y Juan se ocupó de hablar con él. El camino hasta Kabul incluyó controles, gestiones y paradas. Así, después de una jornada larguísima, llegamos a nuestro país número 100.
Esta fue nuestra experiencia de ingreso en mayo de 2025. No alcanza para saber cómo estará la frontera ni qué requisitos se exigirán en otro momento: conviene confirmar las condiciones vigentes con fuentes oficiales, sin tomar el relato de otros viajeros como una garantía.
El país 100 empezó antes de la frontera
Afganistán fue nuestro país número 100. No queríamos convertir ese número en una medalla ni llegar con un discurso grandilocuente: queríamos vivir el viaje que durante años parecía demasiado lejano, difícil o improbable.
El 6 de mayo de 2025, después de pasar la noche en Peshawar, salimos hacia Torkham. Veníamos cansados, con pocas horas de sueño y con la mezcla de emoción y tensión que acompaña a una frontera sobre la que habíamos leído tanto.
Después de cruzar, las primeras horas fueron de oficinas, controles y esperas. Después seguimos en taxi hacia Kabul, con controles y paradas en el camino. Los permisos volverían a ser parte del viaje: en mayo de 2025, además de la visa, nos pidieron autorizaciones para movernos por distintas provincias.



La ruta siguió entre montañas y un río encajonado. Ya de noche llegamos a Kabul y salimos a buscar comida. Encontramos comercios abiertos, pastelerías, supermercados, juguetes y una ciudad mucho más activa de lo que habíamos imaginado. Esa primera caminata no demostraba que todo Afganistán fuera de una determinada manera; solamente desarmaba, desde el primer día, algunas de nuestras propias ideas previas.
Kabul: permisos, mercados y vida cotidiana
El 7 de mayo fue nuestro primer día completo en la capital. Desayunamos y fuimos a tramitar los permisos que necesitábamos para continuar la ruta. En esas gestiones hubo preguntas protocolares, papeles y una forma de viajar muy distinta a la de otros países: cada movimiento importante tenía que planificarse alrededor de una autorización.
Después llegó el mercado. Había puestos de ropa, comida, artículos para la casa, vendedores ambulantes, tránsito y una energía que no se parecía en nada a la imagen inmóvil con la que muchas veces se representa al país. Compramos algunas prendas, probamos choclo, buscamos recuerdos y terminamos conversando con otros viajeros de España y Brasil.



También visitamos el mausoleo de Timur Shah. En medio de la ciudad apareció ese espacio silencioso, con su arquitectura restaurada y su cámara funeraria, como un recordatorio de que Kabul no puede leerse solamente desde su presente inmediato. La historia está superpuesta en cada recorrido.
Para mí, como mujer, la experiencia tuvo otra capa. Cubrirme el cabello y adaptar la ropa no fue un detalle pintoresco: fue una exigencia cotidiana que me incomodó y me obligó a medir cada movimiento. En algunos espacios observé límites que César no tenía. Al mismo tiempo, también caminé, compré, conversé y entré en lugares que antes del viaje no sabía si podría conocer. Las dos cosas convivieron. Contarlas juntas no suaviza las restricciones ni convierte nuestra experiencia puntual en una regla universal sobre la vida de todas las mujeres afganas.
Una mañana afgana y el santuario de Sakhi
El 8 de mayo compartimos un desayuno afgano sobre alfombras en el hotel, que nos había invitado a mostrar el alojamiento. Fue una escena sencilla y, justamente por eso, importante: comida, hospitalidad y tiempo para conversar antes de volver a la calle.




Luego fuimos al santuario de Sakhi, recorrimos el cementerio próximo y continuamos por el mercado de aves. Kabul volvía a mostrar capas distintas en pocos kilómetros: devoción, duelo, comercio y rutina. Para ese momento ya estábamos organizando el tramo que más esperábamos: el camino hacia Bamiyán.
La ruta hacia Bamiyán y Band-e Amir
El 9 de mayo salimos de Kabul con un conductor y con Juan. Eran varias horas de carretera, controles y cambios de paisaje. Compartimos mate, paramos a comer y vimos cómo las montañas nevadas daban paso a paredes rojizas, valles verdes y pueblos pequeños.





Band-e Amir apareció al final de la tarde, con el agua azul entre montañas grises y un frío que se hizo sentir apenas bajamos del auto. El alojamiento de esa noche fue básico y muy frío. Cenamos juntos y resolvimos parte de la comida con el pequeño anafe que solemos llevar en los viajes. Nuestro conductor compartió con nosotros comidas y alojamiento durante esos dos días: era parte de la logística acordada, no alguien invisible dentro del recorrido.
Esa noche también hubo un control de documentación en el hotel. Teníamos visa y permisos, pero la escena volvió a recordarnos que estábamos viajando dentro de reglas que no dominábamos y que podían cambiar de una provincia a otra.
10 de mayo: el cumpleaños de César y el día más emocionante
El 10 de mayo amaneció con sol. Era el cumpleaños de César y, después del frío de la noche, el paisaje parecía otro. Volvimos a Band-e Amir, caminamos junto al agua y nos subimos a uno de los botes a pedal con forma de cisne. El número 44 del bote coincidía con la edad que cumplía César: una casualidad mínima, pero perfecta para ese día.



Después regresamos a Bamiyán y cambiamos de alojamiento. Desde el balcón se veían los grandes nichos vacíos de los Budas. Esa vista preparó el momento que había motivado buena parte del viaje.
Yo había leído Mil soles espléndidos, de Khaled Hosseini, más de quince años antes. Desde entonces Bamiyán había quedado instalado en mi imaginación. Estar finalmente frente a esos huecos enormes en la montaña fue emocionante y doloroso a la vez. Los dos Budas monumentales fueron destruidos en marzo de 2001; el paisaje cultural y los restos arqueológicos del valle fueron incorporados por la UNESCO a la Lista del Patrimonio Mundial en 2003.




Antes de entrar en los sectores de los Budas subimos a Shahr-e Gholghola. Desde arriba vimos el valle, los cultivos y, a lo lejos, la pared de la montaña que todavía conserva la escala de lo perdido. Después recorrimos cuevas y pasadizos. No había una estatua que contemplar, pero la ausencia misma ocupaba todo el espacio.
Al bajar empezó una tormenta de granizo. Perdimos de vista por un momento a Juan y al conductor, y tuvimos que refugiarnos dentro de una cueva. Esperamos unos cuarenta minutos mientras el agua convertía el camino en barro. Cuando pudimos salir, un hombre armado nos ayudó a cruzar uno de los sectores inundados. No sabemos más de él que lo que ocurrió en ese instante: apareció, dio una mano y permitió que siguiéramos.
La noche terminó con cena y torta. César había celebrado su cumpleaños navegando un lago azul, caminando por una ciudad antigua, entrando en las cuevas de Bamiyán y escapando de una tormenta. No necesitábamos inventar una escena épica: el día ya había sido inolvidable.

El 100 al día siguiente
Los globos del país 100 aparecieron el 11 de mayo, no el día del cumpleaños. Los armamos en el balcón del hotel, con el valle y los nichos detrás. La foto que abre este diario pertenece a esa mañana: una pausa feliz antes de regresar a Kabul.
En la ruta vimos vehículos militares abandonados y volvimos a detenernos a comer. Ya en la capital salimos de compras. Durante ese paseo nos separamos de Juan y recibimos un mensaje diciendo que lo habían retenido. Llamamos al hotel: su responsable habló con Juan y con quienes lo retenían. Nos retiramos después de que nos lo indicaran. Más tarde Juan regresó y contó que le habían dado explicaciones distintas, primero relacionadas con fotografías y después con su seguridad. Según su relato, terminaron acompañándolo y sacándose fotos con él. Lo contamos porque fue parte del viaje, sin transformarlo en una definición total del país ni en una anécdota para exagerar el riesgo.


Volar al norte: Mazar-i-Sharif y Balkh
El 12 de mayo volamos con Ariana Afghan Airlines desde Kabul a Mazar-i-Sharif. El trayecto duró alrededor de una hora y el cambio de clima fue inmediato: dejamos el fresco de las montañas y llegamos a un norte mucho más caluroso.


Para visitar Balkh volvimos a gestionar permisos y nos asignaron una escolta. Recorrimos la ciudad histórica, un conjunto religioso revestido de azulejos, restos de la antigua ciudadela y distintos sectores arqueológicos. Uno de los edificios que vimos parece corresponder al santuario de Khwaja Abu Nasr Parsa; preferimos no adjudicar nombres precisos a otros restos cuando no pudimos confirmarlos en el lugar.



El acompañamiento constante nos produjo sensaciones mezcladas. Nos permitió movernos por una zona que no conocíamos, pero también quitó espontaneidad al recorrido. A esa altura, Bamiyán seguía siendo el momento difícil de superar.
La Mezquita Azul y el último día completo
El 13 de mayo fuimos al gran santuario de Mazar-i-Sharif, conocido por sus azulejos intensamente azules. Pudimos recorrer el patio y algunos sectores, aunque no todos los espacios estaban abiertos para nosotros. Después caminamos por el mercado y regresamos al aeropuerto para volar a Kabul.





El 14 de mayo nos despedimos de Afganistán desde el aeropuerto de Kabul, antes de embarcar. Fueron nueve días desde la frontera de Torkham hasta Kabul, Bamiyán, Band-e Amir, Mazar-i-Sharif y Balkh. Nueve días no alcanzan para explicar un país, y mucho menos uno sobre el que pesan décadas de guerra, intervenciones, pérdidas y simplificaciones.
Gastos y organización del viaje
Compartimos con Juan el transporte para el recorrido por Bamiyán y Band-e Amir. La comida y el alojamiento del conductor se resolvieron aparte. También pagamos entradas y un paseo en bote.
No contamos con un presupuesto completo suficientemente verificado para publicarlo. Preferimos no fijar importes ni repartos dudosos. Los costos de nuestra experiencia corresponden a mayo de 2025 y no deben tomarse como tarifas actuales.
Permisos y contexto del viaje
Además de la visa obtenida antes de la frontera, durante nuestra visita, entre el 6 y el 14 de mayo de 2025, tuvimos que tramitar permisos para circular por distintas provincias; en algunos recorridos se sumó una escolta. Esas condiciones formaron parte de nuestra experiencia concreta y pueden cambiar sin aviso.
Este diario cuenta lo que vivimos: no es una recomendación de seguridad ni una guía migratoria vigente. Antes de planificar un viaje hay que revisar la situación del momento y asumir que lo que funcionó para nosotros en mayo de 2025 puede no repetirse.
Lo que me dejó Afganistán
La conclusión que saco de Afganistán es que no todo es como se ve en las noticias. Lo cierto es que uno está acostumbrado, con la lejanía y con la falta de información, a solamente ver guerra, muerte, destrucción y proscripción de derechos. Y si estamos o no tan alejados de la realidad, me parece que hay que verlo con los propios ojos.
Encontré un país que está claramente roto por años de guerra, porque cuando no fueron los talibanes hubo muchas luchas internas anteriores a la invasión de Estados Unidos. Es un pueblo sufrido, acostumbrado al caos.
La aplicación del islam y de la sharia sobre las mujeres, por supuesto, es una realidad que no se puede desconocer y que me interpela como mujer, como madre y como abogada. Pero también encontré mujeres que aceptaban con gusto tales imposiciones; mi impresión era que no conocían otra cosa. Y si bien los códigos de vestimenta que vi no eran tan estrictos como en Yemen, donde también estuve, sentí que estaba en el lugar donde menos derechos tenían las mujeres.
Es imposible no conmoverse ante las personas con las que te cruzás y que te cuentan que estudiaban y ya no lo pueden hacer. También me contaron las dificultades para atenderse médicamente: que no podía revisarlas alguien que no fuera una mujer, mientras las mujeres tampoco podían estudiar. Me preocupa ese círculo vicioso, que pareciera conducir al exterminio femenino en Afganistán. Me pregunto qué va a pasar cuando no queden mujeres formadas para atenderlas. Temo que muchas empiecen a morir por no tener quién las atienda sanitariamente. Realmente, lo que viven ahí es terrible.
Pero también aprendí, hablando con afganos, incluidos pastunes, que no todos quieren a los talibanes ni se identifican con ellos. Hay distintas lenguas: escuchamos hablar del dari, del farsi y del pastún. Las personas con las que hablamos no se sentían talibanes. Veían a los talibanes como un grupo de extremistas y no entendían por qué eran gobernadas por un grupo que, a sus ojos, estaba desorganizado, pero a la vez tenía fuerza y armamento. Entonces no les quedaba otra que convivir con eso.
Hasta vimos que los talibanes no siempre se reconocían entre ellos. Nos pasó que, yendo con un guardia de seguridad en el auto, nos parara un talibán, se empezaran a chusmear entre ellos y tuvieran que mostrarse las credenciales. Quiero decir: la impresión que me quedó fue que no había un sistema. Y si bien en el interior de Afganistán encontré costumbres mucho más conservadoras, en Kabul vi a algunos jóvenes que se iban, de a poquito, rebelando contra ciertas cuestiones, en espacios donde no parecía haber nadie controlándolos.
Creo que merece la pena entender y comprender a la población, más allá de quienes ostentan el poder. Además, el país tiene maravillas paisajísticas y de historia espectaculares, y no llegamos a verlo todo. Nos quedó Kandahar, nos quedaron varios lugares adonde ir. Pero lo poco que vimos, y sobre todo los Budas de Bamiyán y Band-e Amir, fue espectacular.
Kabul no me pareció tan destrozada como otras ciudades y se notaba que la estaban queriendo reconstruir. Caminar de noche nos resultó extrañamente seguro, más que en otros países o capitales de Latinoamérica que hemos recorrido. Caminábamos a las diez de la noche por Kabul, y esto no me lo contó nadie: a las diez de la noche, sacando fotos. No sé si en todos los países de Sudamérica eso se puede hacer sin temor a que te roben.
Entonces quiero decir: no descreemos de las atrocidades ni de las violaciones a las libertades individuales que se han cometido y se siguen cometiendo en Afganistán. Al contrario, lo que vimos y escuchamos no nos permite ignorarlas. Pero, por otro lado, la historia, los paisajes, la bondad de la gente, las montañas nevadas y lo salvaje de Afganistán merecen ser descubiertos por quien se anime a hacerlo.
Para nosotros, Afganistán no solo valió la pena: forma parte de las experiencias más especiales que hemos vivido a lo largo de estos 110 países. No solo por el país en sí, sino por todo lo que implicó llegar: la logística, la investigación previa y nuestros propios miedos, hasta derribar tabúes y poder vivirlo en persona, sin que nadie nos lo contara. Sus paisajes, su gente y su realidad quedarán grabados a fuego, para siempre, en nuestra memoria viajera.


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